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Crónica - El PH de nuestra vida

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Hace tiempo tenía un acuario. Un hermoso acuario que mantenía meticulosamente. Tenía diferentes especies de peces, plantas arborescentes, la iluminación adecuada... y todo un mundo que tenía que mantener saludablemente. Era fascinante y muy instructivo en cuanto al equilibrio en que se basa la vida en general.

Cuando hoy día pienso en él, mi mirada se extiende extrañamente a otras realidades diferentes de su pequeño universo acuático. Sube de altitud... Esto me lleva a considerar nuestro mundo y su equilibrio... si todavía se puede utilizar dicho término.

La palabra PH me ha venido a la cabeza de manera espontánea. El PH, para los que lo desconocen, indica el grado de acidez o alcalinidad del agua. Mediante una probeta, lo medía constantemente en mi acuario. Mantener la neutralidad era mantenerla en el nivel medio de 7 en una escala descendiente de 14 a 0, indicando esta última cifra una acidez extrema.

Comenzáis a seguirme... Si eso me hace pensar en nuestro mundo, es porque tengo la sensación de que la atmósfera de dolor en la sociedad de hoy que hemos creado –o dejado que se cree– muestra cada vez más señales de caer muy por debajo del 7. Nuestro mundo se ha vuelto sorprendentemente ácido... ¿Quién podría negarlo?

Oh, no sólo quiero hacer referencia a los climas sociales que caracterizan a todos los lugares. Sería retratar lo obvio ya que se extiende en todos los medios de comunicación de todo el mundo. No hace falta añadir más.

Quiero hablar sobre todo de nuestro PH, ahí donde estamos, en nuestro mundo interior, por supuesto, pero también en esta micro sociedad que tejemos cada día con nuestros esposos, nuestras familias, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. ¿Cómo está, francamente, ese PH?

Miro, escucho vivir y, año tras año, creo que está más cercano a la saturación de acidez. El hecho es que en nuestro mundo es cada vez más difícil vivir, su ritmo se acelera y las tensiones se exacerban de una manera desconcertante.

¿Quién es honesto y quién no? ¿Quién tiene razón y quién está mintiendo? ¿Qué es lo que no he hecho todavía y que debería hacer? ¿Estoy seguro? ¿De qué debería tener miedo?

Las presiones, las competiciones, las exigencias, las urgencias se han convertido en nuestros compañeros tiránicos en cada momento. Ellas son las que acidifican nuestras vidas. Ellas destilan hábilmente una especie de amargura que nos vuelve impacientes, irritables, belicosos...

Algunos no tienen nada que decir. Se les ha enseñado que la vida era un combate... y por eso lo llaman el ritmo de los tiempos, el efecto del progreso... Nadar en agua turbia y ácida no molesta a todo el mundo, ¡está claro!

No es para ellos para los que escribo hoy, ya que cada uno tiene que ir hasta el fin de su camino y agotar todos los aspectos... incluso si esto corroe.

Si escribo estas palabras es para aquellos que quieren decir no a la aparente fatalidad de un PH demasiado bajo en sus vidas. Son los más numerosos, estoy seguro.

Por supuesto, todo esto es fácil decirlo, pero soy consciente de que hay muchas, muchísimas razones en nuestro mundo -sin tener que buscar muy lejos- que nos pueden llevar con total legitimidad a elevar el tono y perder la paciencia.

Debemos, nos dicen, dejar de ser amables para finalmente dedicarnos a ser verdaderos. Tal vez... Obviamente, hay una forma de bondad que es sólo la traducción de una debilidad. Esto nunca ha ayudado a mucha gente...

Pero el problema es que algunos, cada vez más numerosos, confunden el lenguaje de la verdad con el uso del sulfato, del ácido sulfúrico. ¡Incluso está de moda! Las palabras sulfatadas se han convertido en el sello del saber hacer apreciado por la sociedad o por los medios de comunicación. Vemos en ello la agudeza de ingenio, la inteligencia. Crean audiencia.

Sin embargo, el sulfato es el sulfato y deja cicatrices... no sólo en aquellos sobre los que podríamos pensar que lo han buscado sino sobre aquellos que han recubierto sus palabras con el mismo. ¡Los ácidos se auto-inoculan con tanta facilidad! Se incrustan en el alma como una especie de óxido que se transmite como un virus.

Sí... el PH ácido del alma humana es contagioso si no tenemos cuidado. Toma el aspecto de una "pequeña ferocidad social común", a menudo sutil, pero siempre insidiosa y temible en sus consecuencias; y termina por imponer el reflejo de una especie de "cada uno a lo suyo" sin piedad.

Desengañaros... no quiero decir que tengáis que respirar bajo un PH neutro. La neutralidad no es necesariamente algo específico a cultivar. Necesitamos un mínimo de fuego para avanzar. La tibieza de una vida es sin duda propicia para el letargo del alma que la habita. Simplemente intento recordar, aunque parezca obvio, que existen dos orientaciones posibles para el fuego. La que recalienta y la que quema y devora. Apuesto a que preferís la que recalienta. Yo también.

Así que mirémonos desde dentro mientras que todavía haya tiempo. Observemos e intentemos desactivar todas nuestras frustraciones, nuestros rencores, nuestras envidias, y nuestras impaciencias en la medida de lo posible.

Será empezando por nosotros mismos como el PH de la armonía, el que buscamos todos, podrá tener una oportunidad de asomar la punta de la nariz y de hacernos la sonrisa más fácil.

Un pequeño gran reto en el día a día...

Firma Daniel Meurois-Givaudan