| 01 Julio 2010
Traducción: equipo Isthar Luna-Sol
Es verano… Todos saben que el sol frecuentemente tiene como beneficio invitarnos a reducir la marcha de nuestro motor de vida. Por otra parte, por suerte continúa mostrándose ya que, aunque el año sea bueno o malo, aunque nuestra sociedad nos eduque a actuar y a producir sin pausa para tener la sensación de existir, nos recuerda que, a pesar de todo, es bueno saberse simplemente ser. Quiero decir ser… sin tener que probar nada, sólo para vivir y entretenerse con las bellezas a menudo discretas de nuestro mundo.
¡Oh!, no se trata de hacer aquí elogio de la pereza, pues el « ganduleo » no me resulta cómodo. Ralentizar nuestro ritmo puede significar solamente parar de gesticular.
En efecto, mirando nuestros modos de funcionamiento, a menudo he observado que actuamos mucho menos de lo que pensamos, que nos agitamos enormemente, y en suma, que removemos viento sin darnos siquiera cuenta. Nuestro mundo es un mundo de dispersión en el que las súplicas constantes y las falsas necesidades de todo orden nos desvían de nosotros-mismos.
Y desviarse de uno mismo constituye, mientras ello dura, una verdadera patología. Regresar a uno mismo, reencontrar su centro, no tiene nada que ver con forma alguna de egocentrismo o de egoísmo. Si no estamos bien con nosotros mismos, cómo estarlo con otro y hacer lo posible por la armonía del lugar en que vivimos.
Tomar la decisión de dejar de gesticular, es para eso para lo que sirve. Volver a dar importancia a cosas que la tienen es fabricar oxígeno para nuestra alma. Es bueno en el sentido pleno del término sin que haya que filosofar. Nos situamos entonces en contacto directo con la vida y eso basta.
Recuerdo un período en el que, tras un problema de salud bastante serio, había tenido que parar toda actividad durante un mes entero. Como el solo hecho de caminar más de diez metros seguidos representaba ya todo un desafío, había llegado a pasar varias horas al día sentado prudentemente en un banco adosado a mi casa. Por suerte, esta estaba en plena naturaleza. Siempre he amado la naturaleza, es un hecho, pero simplemente mirarla desde un punto fijo durante largas horas sin poder moverme ni « experimentar » su profundidad me parecía difícil y frustrante.
El decorado que el bosque me ofrecía era sin embargo mucho más tentador que el de mi despacho y el mejor de los sofás. Comparándome con humor con los ancianos que vemos a veces sentados desde la mañana a la noche delante de su puerta, comencé a contemplar mi esquina de naturaleza en la inacción más total. Ya me veía redactando una crónica sobre el aburrimiento…
Contrariamente a todo pronóstico, no hacía sino comenzar una magnífica y tocante aventura… No pasaron más de una o dos horas sin que comenzara a percibir todo un baile ejecutado por los animales que habían escogido los alrededores como su domicilio.
Por supuesto conocía a esos animales. Estaban las ardillas, el zorro, la marmota, el mapache y su familia… sin contar con una multitud de pájaros de todo tipo. Desde hacía mucho tiempo les había observado, les había identificado y les amaba… hasta el punto de haber dado nombre a varios de ellos. Sin embargo… nunca les había visto verdaderamente vivir y ser, demasiado ocupado como estaba en « actuar » por mi parte. Nos cruzábamos… pero no nos frecuentábamos.
Inmóvil en mi banco, comencé a interesarme por las idas y venidas de ciertos pájaros, por sus formas características de volar y por sus funciones. De este modo, no tardé en observar que cada uno tenía su papel que interpretaba sin faltar. A lo largo de los días, aprendí pacientemente a descifrarlo… y eso se volvió pronto fascinante.
El mirlo, por ejemplo, entonaba un canto particular que anunciaba de repente la venida de la lluvia… Era un canto muy diferente del utilizaba para llamar a su «mirla».
En cuanto al arrendajo azul, tenía su sonido particular para anunciar el fin de los aguaceros y las tormentas. Se habría dicho que todos los animales de la naturaleza lo esperaban como una especie de luz verde antes de atreverse a salir de los ramajes y de retomar sus actividades. Era asimismo el guardián de un perímetro determinado… más allá del cual pasaba el relevo a uno de sus semejantes. Bastaba para que alguien se asomara al borde del camino y era informado de manera inmediata.
¿Un gato merodeaba el sotobosque? Una ardilla señalaba enseguida chasqueando ruidosamente los dientes.
¿Faltaban pipas de girasol en el comedero colgado? Los paros sabían golpear enérgicamente la madera con su pico para señalármelo… ¿Si no los oía suficientemente rápido? Entonces comenzaban a picotear el vidrio de la ventana, bastante más sonoro.
Sin embargo, la palma de oro de la comunicación la obtuvo mi amigo el colibrí al quedarse volando suspendido sobre mí a cincuenta centímetros de mi cara mientras emitía pequeños sonidos característicos. Su danza zumbante duraba hasta que acababa por comprender que no había líquido azucarado en el comedero que le estaba destinado. Fascinante…
Y además, mirando más hacia el suelo, observé que el turón hacía su ronda invariablemente hacia las seis de la tarde, que mi inmovilidad le daba ganas de olisquear los pies y que cuando por fin levantaba la cabeza aspirando aire, era porque la madre mapache iba a hacer su aparición.
Comprendí pronto que todo ese pequeño mundo se conocía perfectamente, y que cada uno tenía su turno para entrar en escena y cumplir su papel. Posiblemente, lo que unos y otros habían esperado para hacérmelo saber y mostrarme con familiaridad que existían realmente, eran mi discreción, mi silencio, mis movimientos lentos, en resumen, «mi » otra forma de experimentar la vida, mi fusión con el lugar.
Expresado de otra forma, diría ahora que había aprendido dejar de contaminar mi esquina de naturaleza cesando de ser ciego a su disposición íntima. Ya no gesticulaba, ni siquiera dentro de mí.
En algunos días de aprendizaje de esta forma de comunión, ya sabía en qué árbol se encontraba la colmena salvaje, por qué agujeros salían del suelo las ardillas listadas, qué circuito preciso tomaban para evitar los halcones, y esperaba con impaciencia que la marmota viniera a tomar su baño de sol sobre su « piedra ».
Todo ello constituía el regalo más bello que nunca pudiera recibir… No dudo que todo eso me haya enseñado una forma de lentitud de la que hasta entonces ignoraba su riqueza y lo mucho que enseñaba.
Por supuesto, me dirán que tenía entonces la suerte de beneficiarme de un entorno ideal para ese tiempo de toma de consciencia. Es cierto… pero incluso así hay que preferirlo a las series de televisión con las que riegan durante todo el día. Un mando a distancia siempre tienta a la facilidad…
Hoy día ya no tengo mi casa en el campo pero he llevado conmigo el ideal que me tocó el alma. Su recuerdo ha ampliado mi comprensión de la relación que podemos mantener con el lugar en el que nos haya situado nuestro destino. Finalmente, el lugar importa poco…
Si decidimos ralentizar el tiempo y separar la cortina del tiempo para mirar lo que ocurre alrededor nuestro, en nosotros, que jamás vemos, un pequeño trozo de balcón en una ciudad, incluso el borde de una ventana puede bastar para hacer nacer en nosotros un diálogo con un amigo con plumas, uno de esos pequeños hermanos a los que es urgente volver a aprender a ver. No dudéis que yo lo he experimentado igualmente.
Algunos me dirán que no tengo derecho a atraer a las palomas. A esos les respondo que tomo ese derecho, simplemente porque más allá de los pretextos de los que legislan gesticulando, considero que ese derecho es básicamente humano. Impide al corazón desecarse, da otro sabor y otra dimensión a la cadencia de nuestra existencia.
Contrariamente a lo que dice cierta canción, estoy seguro de que no conduce a vivir su vida por poderes sino más bien a reapropiársela un poco, haciendo una tierna pausa en medio de su estrépito.

istharlunasol
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