| 01 Septiembre 2010
Traducción: equipo Ediciones Isthar Luna-Sol
Todo el mundo sabe que la dramática contaminación que hace estragos a escala planetaria y de la que todos somos responsables, se ha convertido ahora en tema de preocupación número uno para todos aquellos y aquellas de entre nosotros que tienen un mínimo de conciencia.
Mucho más allá de divergencias políticas, ideológicas y religiosas, nos concierne a todos. Debería hacer que nuestra postura fuera unánime y que redujéramos a cero las tomas de posición egoístas y ciegas de ciertos Estados.
En efecto, no hay que ser especialista en climatología o en un ámbito científico determinado para darse cuenta. Basta algo de sentido común para comprender que enfrentándose a ella, nuestra humanidad afronta su mayor desafío, ya que se precipita directamente al abismo.
El asunto no me parece discutible… Por eso no es de él del que quiero hablaros hoy. En mi opinión, existe otra contaminación de la que prácticamente no se habla y que es tan grave como la otra, ya que es de ella de la que proviene, en su mayor parte, nuestra apatía frente al estado global de nuestro mundo.
Quiero hablar de la contaminación psíquica. Lo reconozcamos o no, esta forma parte de los grandes males de los que sufrimos todos, en diversos grados.
Por este nombre entiendo la saturación mental, la distorsión de valores fundamentales de la vida y el adormecimiento de la conciencia.
Esta saturación, esta distorsión y este adormecimiento son simplemente la otra cara de la moneda de la miríada de informaciones, de imágenes y de sonidos que vienen a nosotros de forma cotidiana. Prácticamente no hay forma de escapar. A menos que vivamos como un ermitaño en lo profundo de un bosque, es casi ineludible.
Montañas de «noticias» y de mensajes de todo tipo se nos vierten por las televisiones y sus cientos de canales, por las radios, por los periódicos, por las revistas y además… por internet, incorporado evidentemente en la multitud de teléfonos móviles que se obstinan ahora en reunir todos los medios de comunicación en la palma de nuestra mano. Yo veo una forma de tiranía sutilmente impuesta… Conozco quien, simultáneamente, hace funcionar su televisión y su radio mientras lee su revista semanal… teniendo siempre cerca el teléfono móvil por si acaso… ¿Qué angustia se esconde detrás de ello?
Nos entusiasmamos desde luego al ver las maravillas tecnológicas último modelo, ya que son indudablemente fascinantes… Sin embargo, esto no impide que la avalancha de datos anárquicos a la que nos someten haya sobrepasado desde hace mucho tiempo el umbral de la información. Ni siquiera estamos en la sobre-información, sino que de ahora en adelante hemos entrado en una zona de desinformación y de intoxicación mental.
¿Me estaré volviendo un viejo retrógado? No es tan seguro… Yo mismo utilizo esta tecnología. Debo hacerlo si quiero dirigirme a vosotros, como ahora, por ejemplo.
Sin embargo, constato que nuestra bulimia de datos, de imágenes y de sonidos desemboca en un curioso hecho establecido, ya nada ni nadie es totalmente creíble. De hecho, todas las opiniones pelean entre sí y prácticamente ya no es posible encontrarse en el seno de un mundo donde el engaño y la mentira se visten con los más bellos argumentos para imitar lo justo y lo bello. Nadamos en una gigantesca amalgama de «flashes informativos» a todos los niveles.
En adelante, experimentamos lo que llamo una indigestión mental… y ya que toda indigestión desemboca fácilmente como sabemos en un apoltronamiento del ser, cada vez menos cosas nos tocan realmente. En efecto, las in-formaciones son expulsadas de nuestras neuronas saturadas con una rapidez sorprendente. El ritmo de lo que desfila ante nosotros es desenfrenado y nos deja cada vez menos posibilidad de detenernos sobre cualquier cosa fundamental.
¿Seleccionar lo que se proyecta hacia nosotros? ¿Según qué criterios? Por otra parte, ¿tenemos siquiera ganas de hacerlo? Cada vez que un chisme más se añade a la panoplia de las pequeñas maravillas tecnológicas, las multitudes se precipitan para adquirirla. ¿No puedes almacenar 10.000 canciones en tu lector de MP3? ¡Venga ya! ¿Cómo puedes vivir sin el que almacena 15.000? ¿Todavía te mueves con un solo libro? Veamos… Hoy día debes tener una biblioteca entera en el IPad.
Evidentemente, todo ello es… tan mágico y tan práctico… Solo que, nuestra cabeza, y sobre todo nuestro corazón, ¿están mejor? Desde luego no veo que se piense o se ame mejor que antes. Más bien, observo la tendencia inversa: Asistimos al aislamiento creciente de cada uno de nosotros en su pequeño universo virtual, así como a una retahíla de desequilibrios mentales.
Jamás de los jamases nuestra sociedad occidental ha ingerido tantos antidepresivos como hoy día. ¿Podemos llamar a eso éxito? Al contrario, es la confesión implícita de un fracaso bochornoso. ¿Habremos dejado completamente de lado el sentido y el fin de la vida?
Por mi parte, creo que la multiplicación de información y la proliferación de los contactos con «amigos» virtuales tales como los vivimos y como nos invaden insidiosamente no estimulan la conciencia ni la inteligencia de los seres que somos, ni participan en nuestra cultura real.
Al contrario, nos adormecen, nos esclavizan. Nos hacen dejar de lado lo esencial: nuestro equilibrio. La ascensión a la paz y a la felicidad no puede manifestarse, como queremos persuadirnos, por nuestro encadenamiento a un interminable arsenal tecnológico cuyos productos saturan nuestros espacios cerebrales.
¿Quién piensa por sí mismo? Estoy seguro que entre nosotros cada vez menos. Estamos sutilmente formateados para creer en nuestra autonomía, en nuestro libre arbitrio, mientras que nuestra dependencia de un cierto «progreso» ni siquiera es discutible.
Seguramente, lo que buscan desde hace tiempo los que mueven los hilos de nuestro planeta: necesitan hombres y mujeres somnolientos, condicionados a creerse libres y cada vez menos capaces de mirar lo que ocurre en el fondo de sí mismos.
A título de ejemplo, es instructivo constatar hasta qué punto nuestra sociedad no para de multiplicar –hasta la paranoia– nuevas normas de seguridad exclusivamente sobre la persona física y cómo, paralelamente, facilita el acceso a todo lo que contamina y rompe el equilibrio psíquico del ser, comenzando por el de los niños. Todos los excesos, el horror y el derramamiento de violencia en la cabeza, son banalizados. Al parecer es coherente que eso se llame libertad de expresión.
Entonces… ¿qué ocurre en el fondo de nosotros mismos? Eso es precisamente lo que es peligroso y de lo que no quiere cierto Gobierno.
Lo que ocurre en el fondo de nosotros, da igual que lo llamemos preocupación espiritual, metafísica o ideal filosófico… toca la misma esencia.
El hecho es que la concienciación de quiénes somos realmente es ciertamente el único descontaminador al que podríamos haber recorrido para «derribar el vapor» de nuestro mundo.
Cuando la noción de alma se ha vuelto un tabú en una sociedad, cuando el espíritu se ha vuelto sospechoso, es la señal de que esa sociedad ha llegado al final de su camino, que está moribunda bajo la forma que la conocemos.
¿Seré yo derrotista? No… ya que en absoluto he terminado mi reflexión.
En efecto, últimamente diría que es un bien si al fin llegamos al final de nuestro propio callejón sin salida. Creo firmemente que hay que agotarlo todo en una dirección, llegar hasta el límite extremo de sus absurdos para integrar la lección del error que hemos cultivado en ella.
Los más pesimistas me responderán que posiblemente es demasiado tarde. No lo creo, nunca es demasiado tarde… En todo caso, nunca es demasiado tarde para la Vida que está en nosotros. Su esencia es indestructible… Su soporte carnal es una cosa. Su naturaleza fundamental es otra.
Es por esta naturaleza por la que continúo hablando y escribiendo, por la que está en peregrinaje hacia su Fuente y a la que una probable y próxima caída instructiva va a recordar su hoja de ruta. La gran ganadora será siempre nuestra alma, esta viajera del Tiempo, aunque neguemos su realidad.
Por el momento, estemos seguros, hay que trabajar sin descanso en su descontaminación.

istharlunasol
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