| 01 Diciembre 2010
Traducción: equipo Isthar Luna-Sol
Sí, soy un anticuado, o si lo preferís, un pasado de moda. ¿Por qué? Porque echo de menos la Navidad de otro tiempo. La echo de menos porque se creía en algo. Sin duda por ingenuidad, por supuesto, y también por condicionamiento, pero al menos la vivíamos, teníamos fe en nuestra fe…
Creíamos que Jesús había nacido realmente un 24 de diciembre a media noche y estábamos seguros de que el belén había existido con su buey, su asno y que fuera de él nevaba. Escuchábamos con emoción la " Pastoral de las figuras del Belén".
Por otro lado, Papá Noel tenía un aire auténtico, creía en sí mismo y no lo encontrábamos en los centros comerciales distribuyendo cupones de descuento. En suma, en todo ello había una buena parte de felicidad, por ignorancia.
Hoy día, Papá Noel ya no tiene realmente éxito con los niños, a menudo prefieren un gran monstruo de Halloween. Sólo interesa si toma en serio nuestros " pedidos " de los indispensables últimos aparatos tecnológicos que aparecen en la tele.
En cuanto a Jesús, a la mayor parte le da absolutamente igual. Todos hemos comprendido que no nació en el solsticio de invierno y que nos habían mentido sobre ello. Se encuentra gente que incluso dice que no existió. Entonces… evitamos hablar de ello precisamente para no ser un anticuado, un pasado de moda, como yo en este momento, por ejemplo.
Hoy día, parece que nos hemos vuelto más responsables. Por otro lado, incluso los niños han crecido, ellos que nos miran con aire burlón cuando nos cuesta utilizar nuestro teléfono móvil desde que la función teléfono es difícil de encontrar. Hablo del teléfono móvil que se acaba de regalar, por supuesto, no del que habríamos podido descubrir al pie del árbol de Navidad. ¡La espera hubiera sido larga de todas formas!
Sí, hemos denunciado las viejas mentiras para volvernos más "realistas" , para mejor comunicar, afirmamos y saber más y con más sentido crítico. Era bien necesario, es cierto, que ello se hiciera un día. Es cierto, salvo que…
Salvo que destruir, marchitar una cierta magia –puede ser que discutible, pero que aportaba su parte de alegrías– sin ser capaces de construir nada bello en su lugar no es lo que podríamos llamar un signo de inteligencia ni de éxito.
¿Quiere decir que defiendo la mentira o la superchería de la que las Iglesias y las generaciones pasadas se han hecho paladines?
Evidentemente no… Simplemente estoy contra el hecho de matar el alma de una sociedad y, en consecuencia, aquella de los que la constituyen y que se desesperan demasiado a menudo de no encontrar un sentido a lo que hacen. Estoy a favor de que la expresión y el respeto de lo maravilloso es uno de los alimentos básicos del ser humano. Le hace volver a entrar el corazón en calor y, por ello, contribuye a la harmonía de la vida. Es la esencia de toda vida y la ley del Universo.
Sé que me replicarán que lo maravilloso todavía está ahí, por ejemplo en las grandes producciones de cine de moda. Aparentemente sí… pero no hablo de esa versión hollywoodiense de lo maravilloso. Ahí, lo maravilloso realmente no es tal. Es más bien fantástico, lo fantástico, que es muy diferente… Por otro lado, ¿habéis observado que, por seductor que sea eso fantástico, fomenta siempre un cierto gusto por el poder y una violencia sutilmente destilada?
No… os hablo de lo verdaderamente Maravilloso. Eso es mucho más simple. Deja a cada uno su lado creativo, le restituye a su propia imaginería interior, un mundo de pleno de derecho que no "recalienta las neuronas" y que no acelera las ventas de Ritalin. Hablo de lo Maravilloso que maravilla y que enternece el alma.
Creo que reaparecerá necesariamente un día, cuando hayamos usado todos los artificios de la industria virtual. Apuesto a que en los próximos años muchos de entre nosotros no tardarán en asfixiarse a fuerza de no creer en nada de luminoso y de sólo jurar por el dios de los pequeños teclados y por el espíritu de lo digital.
Nos consideramos más adultos habiéndonos liberado de ciertos aspectos pueriles del pasado, sin embargo, la realidad es que hemos caído en otro tipo de infantilismo, desgraciadamente mucho más seco…
En efecto, ¿habéis observado cómo, finalmente, hemos desviado de un punto a otro nuestra necesidad de creer en "algo" más grande que nosotros?
Mientras las estrellas del espectáculo son idolatradas –encontramos incluso "madonas"–, nuestros ordenadores utilizan "iconos" y nos invitan a redes sociales donde elegimos un "avatar". Las palabras del lenguaje del espíritu están todavía ahí, a nuestras espaldas… como para recordarnos nuestras expectativas profundas aunque no las confesemos.
¿Habéis recibido ya algo de amor por parte de una máquina? Yo todavía no. Y además… por más que me han hecho creer que podría hacer miles de amigos rápidamente con un mago llamado Facebook… no es ese tipo de amistad la que busco, volátil y devoradora de energía.
Definitivamente, prefiero sentir un corazón que bate, que sabe todavía rezar, incluso ingenuamente, y para el que la Navidad significa otra cosa que una "fiesta rock" en un restaurante. En fin, os confieso también que todavía me gusta escuchar ciertos cantos esperando la media noche.
Os lo he dicho, soy un anticuado.

istharlunasol
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